El hecho social de la pobreza en el siglo XVI

EL ESCENARIO DEL DEBATE

El hecho social de la pobreza en el siglo XVI dio lugar a un intenso debate en España, protagonizado por destacados clérigos, médicos y reformadores. Este debate no surge de una opción arbitraria o preferencia personal, sino que encuentra su origen en los importantes cambios que se producen en España durante esta centuria.

En el siglo XVI, España experimentó significativas transformaciones sociales, económicas y políticas que generaron una creciente preocupación por la cuestión de la pobreza. Estos cambios incluyen el crecimiento demográfico, la expansión del comercio y la globalización de la economía, así como la aparición de una nueva clase social emergente y la transformación de las estructuras de poder.

Los clérigos, médicos y reformadores, influenciados por las corrientes intelectuales de la época, comenzaron a reflexionar sobre las causas y consecuencias de la pobreza, así como sobre las posibles soluciones para abordar este problema social. Estas reflexiones condujeron a la acción legislativa y administrativa de la Monarquía, que buscó implementar políticas y medidas para enfrentar la pobreza y sus efectos en la sociedad.

Pobreza y prosperidad en el siglo XVI

La preocupación por la asistencia a los necesitados y la cuestión de la pobreza en España durante el siglo XVI surge como resultado paradójico del desarrollo económico y la prosperidad de los Reinos de Castilla, especialmente en su primera mitad. Este período de esplendor económico, impulsado por la llegada de metales preciosos de las Indias y el crecimiento del comercio americano, generó una importante transformación interna en el país.

El florecimiento de la economía española tuvo un impacto significativo, provocando intensos movimientos migratorios internos y externos. La emigración hacia América, el desplazamiento de población del campo a las grandes ciudades debido al desarrollo de los sectores secundario y terciario, la tendencia de la nobleza y grandes propietarios rurales a trasladarse a las urbes, y la llegada de población extranjera atraída por la prosperidad y la expulsión de los judíos, crearon un contexto social complejo.

En este escenario de prosperidad efímera, alrededor de medio siglo, surgen problemas sociales significativos, como el aumento de los pobres auténticos o fingidos y los peregrinos reales o ficticios. Los desarraigados y necesitados se incrementan precisamente como resultado del propio desarrollo económico. Esta situación conlleva una concentración urbana y una creciente población extranjera, lo que acentúa la importancia de la asistencia y sus desafíos cuando se presenta la crisis económica.

Las dimensiones del debate sobre la asistencia en el siglo XVI se ven influidas por esta situación general en España. Los temas de discusión incluyen las medidas relacionadas con la población extranjera, el debate sobre la existencia de pobres fingidos, la relevancia de la limosna, y la vinculación de la asistencia con la reforma de la situación económica y la necesidad de mano de obra para la agricultura y la industria.

El humanismo renacentista y la secularización de la pobreza

El humanismo renacentista y la secularización de la pobreza son dos aspectos fundamentales que contribuyeron a la aparición del intenso debate sobre la asistencia a los necesitados en España durante el siglo XVI. Estos cambios, impulsados por la evolución económica y las transformaciones ideológicas, marcaron una nueva perspectiva en la forma de abordar la pobreza y la asistencia social en la sociedad de la época.

En el contexto medieval, la visión teocéntrica del mundo y la influencia de la Iglesia establecían la pobreza como una virtud y la caridad como la fórmula recomendada para atender a los necesitados. Sin embargo, el Renacimiento trajo consigo una concepción más centrada en el ser humano y su bienestar en esta vida, alejándose de la resignación y enfocándose en el progreso y el desarrollo personal. Este cambio ideológico, conocido como el antropocentrismo, llevó a una paulatina secularización de la pobreza, eliminando la exaltación religiosa de la misma.

A medida que España experimentaba un florecimiento económico impulsado por el comercio con las colonias americanas, también surgían desafíos sociales debido a la concentración urbana y la llegada de población extranjera atraída por la prosperidad. Esto aumentó la relevancia de la asistencia a los necesitados, pero al mismo tiempo puso en evidencia la incongruencia entre la situación real de marginación de los pobres y su exaltación ideológica en la sociedad medieval.

El proceso de secularización implicó un cambio en la responsabilidad de la asistencia social, alejándola de la Iglesia y de la caridad privada y llevándola hacia las instituciones públicas. Esto dio lugar a debates sobre el papel de los poderes públicos en la corrección de las necesidades sociales y la forma en que debían intervenir para atender a los necesitados.

El humanismo renacentista, al centrarse en el ser humano y su bienestar en esta vida, y la secularización de la pobreza, al eliminar la exaltación religiosa de la misma, marcaron un punto de inflexión en el enfoque hacia la asistencia social en el siglo XVI. La combinación de factores económicos, sociales e ideológicos creó un escenario propicio para el debate y la reflexión sobre cómo abordar y corregir las necesidades sociales de la época.

Durante el Renacimiento en España, el auge económico y los cambios ideológicos impulsaron un debate intenso sobre la asistencia a los necesitados. Mientras la economía florecía debido al comercio con las colonias americanas, la sociedad experimentaba una creciente concentración urbana y la llegada de población extranjera. Al mismo tiempo, las antiguas concepciones religiosas de la pobreza y la caridad comenzaban a cuestionarse debido a la creciente influencia del humanismo y una nueva visión antropocéntrica del mundo.

Este contexto de prosperidad económica y cambios ideológicos llevó a replantear la forma en que se abordaba la asistencia a los pobres. La exaltación religiosa de la pobreza se fue diluyendo, y se abrió paso a la necesidad de intervención de los poderes públicos en la corrección de las necesidades sociales. Los debates giraban en torno a la responsabilidad de las instituciones públicas en el cuidado de los necesitados y cómo enfrentar los desafíos sociales derivados de la concentración urbana y la llegada de población extranjera.

En resumen, el humanismo renacentista y la secularización de la pobreza marcaron un período de transformación en la concepción y abordaje de la asistencia social en España, dejando atrás las antiguas concepciones religiosas y abriendo paso a una visión más centrada en el bienestar del ser humano en esta vida y en la intervención de los poderes públicos en la solución de las necesidades sociales.

POBREZA Y SOCIEDAD EN LOS PENSADORES ESPAÑOLES DEL SIGLO XVI

El movimiento renacentista, aunque llegó a España con cierto retraso y en medio de un ambiente opositor a las nuevas ideas, no pudo evitar que en el siglo XVI surgiera un debate y reflexión sobre la pobreza y la asistencia social en el país. A pesar de que en Europa, influenciada por el protestantismo, se empezaba a adoptar una concepción más pública de la asistencia social, en España la caridad privada seguía siendo el fundamento predominante de la protección social.

En el siglo XVI, la pobreza se convirtió en un problema de magnitud extraordinaria en España. Frente a esta realidad, algunos pensadores destacados se adentraron en el análisis y teorización sobre cómo la sociedad debía abordar esta cuestión. A pesar de que la concepción tradicional de la caridad privada persistía, estas figuras comenzaron a plantear nuevas ideas y enfoques para enfrentar los desafíos que la pobreza presentaba.

Es relevante mencionar a algunos de estos pensadores y sus obras más significativas. Entre ellos, encontramos a destacados clérigos, intelectuales y reformadores que se preocuparon por la cuestión social y la asistencia a los necesitados en la sociedad española del siglo XVI.

En sus escritos y obras, estos pensadores abordaron temas como la relación entre la pobreza y la caridad, la necesidad de la intervención pública en la protección social, la vinculación de la asistencia con la reforma económica y la situación laboral, y la responsabilidad de los poderes públicos en la corrección de las necesidades sociales.

Aunque la concepción de la caridad privada seguía siendo prevalente en aquel contexto histórico, la labor de estos pensadores sentó las bases para futuros debates y cambios en la forma de abordar la pobreza y la asistencia social en España. Con el tiempo, las ideas y reflexiones de estos pensadores contribuyeron a cuestionar la tradicional concepción de la caridad y allanaron el camino hacia una mayor intervención pública en la protección social, en línea con las tendencias que se estaban desarrollando en otros países europeos.

En resumen, a pesar de las resistencias iniciales y la prevalencia de la caridad privada, el siglo XVI en España vio surgir a pensadores preocupados por la pobreza y su impacto en la sociedad. Su trabajo sentó las bases para futuras discusiones y cambios en el enfoque hacia la asistencia social, allanando el camino hacia una concepción más pública y estructurada de la protección social que se desarrollaría en los siglos posteriores.

Juan Luis Vives (1492-1540)

Es fundamental contextualizar la obra de Juan Luis Vives, «Del Socorro de los Pobres,» escrita en latín y publicada en Brujas (Bélgica) en 1525, dentro del marco histórico del siglo XVI. Esta obra ha sido considerada de gran importancia en el surgimiento de la beneficencia moderna y sentó las bases para un extenso debate sobre la situación de la pobreza, en el cual autores españoles desempeñaron un papel destacado.

Nacido en Valencia en 1492, Juan Luis Vives tuvo una personalidad polifacética y su legado se refleja en más de 50 obras que abarcan tanto temas profanos como religiosos. Se destacó como humanista, pedagogo, escritor y maestro o tutor, lo cual le valió el respeto y la amistad de los principales intelectuales de la época.

Considerado como una figura destacada del Renacimiento, Menéndez Pelayo lo describe como el compendio de la grandeza y prodigios de esta época. Vives emprendió una amplia reforma en los métodos de estudio, desde la gramática hasta la teología, y su conocimiento abarcó todas las ciencias y la antigüedad clásica. Destacó por su crítica y búsqueda de la verdad en la obra de poetas, filósofos y oradores, y fue un pensador original y profundo con una perspectiva práctica.

Joan Lluís Vives (Valencia, 1492 – Brujas 1540).

El contenido de «Del Socorro de los Pobres» muestra la desacralización de la pobreza, una idea que empezó a ser impulsada por Erasmo en su obra «Elogio de la locura» (1511) y la «Utopía» de Tomás Moro (1516). Además, Lutero y el protestantismo cambiaron el enfoque hacia el éxito económico como un signo de predestinación, relegando la importancia que el cristianismo daba tradicionalmente a la pobreza y la caridad. En este contexto, Vives propuso formalmente que el cuidado de los pobres dejara de ser simplemente un acto de caridad cristiana y se convirtiera en una función pública. Esta propuesta marcó un punto de inflexión y España se convirtió en un referente en el debate doctrinal sobre la cuestión de los pobres en todo el mundo.

En resumen, la obra de Juan Luis Vives, «Del Socorro de los Pobres,» representa un hito en la desacralización de la pobreza y en el surgimiento de la beneficencia moderna. Su enfoque en la necesidad de una asistencia pública a los pobres marcó el inicio de un debate trascendental sobre cómo la sociedad debía enfrentar el problema de la pobreza en el siglo XVI. Su legado perduró en la reflexión sobre los desafíos sociales y económicos de su tiempo, y su influencia se mantuvo en las discusiones doctrinales que continuaron desarrollándose a lo largo de la historia.

Libro Primero del Socorro de los Pobres

El «Libro Primero del Socorro de los Pobres» de Juan Luis Vives se compone de dos partes, que aunque desiguales en relevancia, no pueden ser ignoradas. En la primera parte, el autor aborda una concepción amplia de la pobreza y la limosna, donde se involucran tanto aspectos materiales como espirituales (Vives 1947:1360). Este enfoque integral muestra cómo el socorro a los necesitados va más allá de simples donaciones económicas.

En esta obra, Vives fundamenta las apelaciones a la limosna en una combinación de argumentos humanitarios y religiosos. Por un lado, se considera un mandato religioso y un medio para mantener la cohesión social, y por otro, se valora como un acto de solidaridad colectiva (1947:1364-1365). Es interesante destacar que Vives se aleja de la interpretación tradicional de la pobreza desde una perspectiva religiosa y se centra en analizar las causas colectivas que la generan.

El pensador plantea la necesidad de la intervención de las autoridades públicas para controlar los efectos negativos que la pobreza puede tener en la comunidad, y dedica un capítulo específico (el capítulo 6) al comportamiento que deben adoptar los pobres. Asimismo, los dos últimos capítulos de esta primera parte presentan justificaciones basadas en textos del Antiguo y el Nuevo Testamento para la práctica de la limosna. No obstante, Vives deja claro que la limosna tiene como objetivo principal mitigar la amenaza social de la pobreza, y por ello establece ciertos límites que también afectan al ámbito colectivo.

En resumen, la primera parte del «Libro Primero del Socorro de los Pobres» de Juan Luis Vives es un análisis profundo y completo sobre la pobreza y la limosna, que va más allá de lo meramente religioso para considerar la dimensión social y humanitaria. Vives plantea la importancia de la intervención pública y establece límites a la limosna con el fin de abordar de manera integral la cuestión de la pobreza en la sociedad de su época.

Libro segundo del Socorro de los Pobres

Luego de explorar en detalle la caridad como elemento esencial en la vida cristiana individual y en la comunidad en la primera parte de su obra, Juan Luis Vives, en la segunda parte, se sumerge en la formulación de soluciones prácticas para materializar el ideal de caridad y asistencia a los pobres. Esta sección desencadenó controversias profundas en el futuro, destacando la dimensión colectiva de su reflexión.

Vives inicia esta segunda parte instando a los gobernantes a prestar atención a los riesgos colectivos derivados de la pobreza. Desde la amenaza de enfermedades contagiosas hasta el peligro de conflictos civiles que podrían poner en peligro la estabilidad de la ciudad, Vives los exhorta a adoptar un enfoque preventivo (Alonso Seco, Gonzalo González, 2000:30), (Casado, Guillén, 2001:161).

El pensamiento de Vives gira en torno a la necesidad de asistencia pública debido a la insuficiente aplicación de la caridad privada. Para abordar esta insuficiencia, Vives propone soluciones de índole humana debido a la eficacia limitada de los enfoques religiosos. De manera categórica, asigna a las autoridades públicas la responsabilidad de cuidar de mendigos, pobres que residen en hospitales (una categoría más amplia que en la actualidad, que también incluye huérfanos y discapacitados), y los pobres que viven en sus hogares.

Vives establece como punto de partida la elaboración de un censo municipal de la pobreza, que es el equivalente moderno al inventario de recursos y necesidades. Este censo es necesario para identificar a los verdaderamente necesitados en una ciudad rica y justificar la intervención de las autoridades en su asistencia.

Una de las principales propuestas de Vives es la erradicación de la mendicidad a través de la obligación y el derecho al trabajo. Este enfoque representa un cambio radical, ya que su objetivo es eliminar la mendicidad en lugar de regularla (Maravall 1979:70).

En lo que respecta a los mendigos, Vives recomienda diferentes tratamientos según su lugar de origen. Los forasteros deben ser ayudados económicamente para regresar a sus lugares de origen, mientras que los locales deben recibir capacitación en oficios para los que muestren inclinación.

El mandato del trabajo se implementa asignando a los individuos a talleres y, en caso necesario, a obras públicas municipales, incluida la reparación de hospitales. Aquellos que no estén asignados temporalmente deben recibir sustento de la comunidad.

Vives también aborda la situación de las personas con discapacidades, como los ciegos. Su posición es clara: «Ni siquiera los ciegos deben estar ociosos; hay muchas tareas en las que pueden participar (…). La pereza y la holgazanería, no la discapacidad física, son las que les llevan a creer que no pueden hacer nada» (1947:1395). También se preocupa por los enfermos mentales, abordando el tema desde una perspectiva humanitaria, muy diferente de las actitudes crueles que prevalecían en esa época (1947:1396).

Vives destaca la importancia de la administración rigurosa de los bienes públicos como fuente financiera para la asistencia. La economía en los gastos municipales proporcionaría recursos para la ayuda social, un concepto avanzado para una obra del siglo XVI.

En resumen, la segunda parte del «Libro Segundo del Socorro de los Pobres» de Juan Luis Vives se enfoca en soluciones concretas para la asistencia pública a los necesitados. Vives aboga por la intervención de las autoridades para abordar la pobreza colectiva y erradicar la mendicidad a través del trabajo obligatorio. Su enfoque se basa en la creación de una ciudad renacentista en la que la asistencia a los pobres se convierte en un elemento fundamental de la configuración social.

La trascendencia de la obra y pensamiento de Vives

Las contribuciones de Juan Luis Vives en su obra «Socorro de los Pobres» son innegables y han dejado un impacto duradero en la reflexión sobre la mendicidad y la pobreza. Su importancia radica en diversos aspectos, como se detalla a continuación:

Vives se erige como el pionero de la reflexión sobre la mendicidad y la pobreza, y su éxito inicial radica en haber iniciado un debate que resultó excepcionalmente fecundo. Entre 1526 y 1680, se publicaron más de treinta obras de teóricos que abordaron centralmente el problema de la mendicidad, con más de un tercio de ellas surgiendo antes de 1600 (Serna Alonso 1988:52-53).

Este éxito se manifiesta aún más en la aceptación y adopción de su proyecto mediante un edicto en 1526 en la ciudad de Brujas. Las prohibiciones de que los pobres abandonaran su localidad y las demandas de un régimen administrativo para tratar la mendicidad también encontraron eco en las Cortes españolas. Las leyes sobre mendicidad promulgadas por Carlos I y Felipe II, como veremos más adelante, demuestran una relación evidente con las ideas de Vives.

No obstante, hay voces críticas que han restringido el alcance de sus innovaciones al considerar que reflejan preocupaciones y acciones previas de distintos gobiernos locales de ciudades belgas (Maravall 1979:64-65).

La controversia que generó su obra fue intensa. Un fraile agustino contemporáneo denunció las ideas de Vives sobre la beneficencia como «doctrina pestilente, perniciosa e injuriosa en grado sumo para la dignidad de la Iglesia» (Riber 1947:222). Es innegable que las ideas de Vives constituían una amenaza para los intereses tradicionales, en particular para los eclesiásticos que, como él mismo censuró en su obra, se beneficiaban económicamente de su participación en donaciones y obras benéficas (Maravall 1979:64).

Los ecos de sus ideas pueden rastrearse en épocas posteriores, incluso entre los pensadores ilustrados del siglo XVIII. Más recientemente, Vives ha sido caracterizado como pre-socialista y nostálgico de un comunismo primitivo (Guy 1985:267-273). Sin embargo, su crítica al uso de la propiedad en su época no implica una condena de la propiedad privada ni una visión colectivista de la sociedad, como aclaran los análisis de Maravall (1972:242).

Un testimonio del interés constante en su obra es su vínculo con el sistema de protección social del Estado del bienestar. Se argumenta que «La obra de Vives sienta los fundamentos de lo que después sería la política social de los estados capitalistas, que alcanzaría su mayor auge en nuestro siglo tras la segunda guerra mundial, y puesta en tela de juicio de una forma generalizada en los últimos tiempos. De ahí la actualidad y pertinencia del análisis» (Martín Martín 1988:9). Vives se encuentra así involucrado en una de las polémicas más intensas de nuestro tiempo: el debate sobre el intervencionismo y la privatización. Sin embargo, también es esencial considerar los argumentos de sus críticos, como Domingo de Soto.

Domingo de Soto (1494-1560)

Domingo de Soto (1494-1560), a través de su obra «Deliberación de la causa de los pobres», desafió las propuestas de Vives en un tono enérgico y beligerante. Este dominico nacido en Segovia en 1495 y discípulo de Francisco de Vitoria, abordó la cuestión de la pobreza en un contexto en que las autoridades civiles estaban comenzando a intervenir en el tema.

Su obra, en contraposición a la de Vives, se presenta con una vivacidad y firmeza sustentadas por su profundo conocimiento teológico. Mientras Vives abogaba por la intervención pública y la reestructuración de la asistencia a los pobres, Soto defendía la tradicional noción de que la caridad y la asistencia eran cuestiones religiosas y de conciencia, no de intervención civil.

Soto rechaza la idea de restricciones a la mendicidad y al control de la pobreza, considerándolas humillantes y discriminatorias para los necesitados. Él sostiene que la asistencia a los pobres es un acto de virtud cristiana y debe ser una cuestión de conciencia personal, no un mandato gubernamental.

Una de las principales diferencias entre Vives y Soto radica en la concepción de la mendicidad. Mientras Vives abogaba por limitarla y promover el trabajo obligatorio, Soto defendía la libertad de mendigar y rechazaba la restricción de movimientos para los pobres.

Soto también sostenía que la limosna personalizada, otorgada por compasión y no por imposición legal, fomentaba sentimientos de caridad y misericordia, incentivando así la práctica de la virtud cristiana. Además, argumentaba que los propios pobres eran más eficientes en satisfacer sus necesidades que las instituciones.

Domingo de Soto (1494-1560).

Si bien sus enfoques diferían radicalmente, Vives y Soto contribuyeron a conformar las dos tendencias fundamentales en el debate sobre la mendicidad y la pobreza. La visión de Vives sentó las bases para el concepto de estado paternalista y posteriormente el estado de bienestar en el siglo XX, mientras que Soto, defensor de la caridad religiosa y personalizada, dejó semillas que resonarían en la revisión del Estado de bienestar en tiempos modernos.

Fray Juan de Robles o Juan de Medina (1492-1572)

Fray Juan de Robles, también conocido como Juan de Medina (1492-1572), benedictino y pensador renacentista, emitió una respuesta inmediata a la obra de Domingo de Soto en 1545, defendiendo la intervención civil en la asistencia a los pobres en su obra «De la orden que en algunos pueblos de España se ha puesto en la limosna para remedio de los verdaderos pobres». Publicada tres meses después de la obra de Soto, la réplica de Robles demuestra su deseo de participar en el debate en curso sobre la pobreza en España.

A diferencia de Soto, Robles aboga por la regulación estatal de la mendicidad y apoya las medidas legales que comenzaron a implementarse para controlarla. Él defiende la separación entre las esferas religiosa y civil y amplía el papel del Estado en la administración de los asuntos sociales. Aunque comparte con Soto la idea de que solo la verdadera necesidad debe guiar la ayuda a los pobres, Robles va más allá al enfocarse en la obligación del trabajo como solución fundamental para erradicar la mendicidad. Mientras Soto marginaliza la importancia del trabajo, Robles subraya su papel central en la eliminación de la pobreza.

Robles también destaca la eficacia de las ayudas domiciliarias como medio para eliminar gradualmente la mendicidad. Propone un sistema público de ayudas financiado por donaciones privadas y públicas, con una eficaz política de represión de la mendicidad indebida. Aunque discrepa con Vives en ciertos aspectos, Robles aboga por extender las ayudas incluso a los necesitados forasteros, siempre y cuando no puedan trabajar. También defiende la participación de los laicos en la gestión y control de las limosnas, destacando su capacidad para administrarlas adecuadamente.

La obra de Robles se distingue por su enfoque en la justicia social y su transición de una moral basada en la caridad hacia una política de equidad. Su pensamiento refleja una adaptación a las transformaciones de su época, abrazando la cultura burguesa emergente y las nuevas corrientes de pensamiento. Aunque no aborda la cuestión de la pobreza voluntaria, típica de las órdenes religiosas, su enfoque secularizador y su énfasis en el valor del trabajo marcan un paso importante en la evolución del pensamiento político y social en España durante la época del Concilio de Trento.

Miguel de Giginta (1534-1588)

Miguel de Giginta (aproximadamente 1534-1588) emerge como una figura de notable relevancia para el análisis de la pobreza en el siglo XVI, no solo por sus ideas sino también por su biografía. Este canónigo catalán, caracterizado por su incansable espíritu viajero y sus habilidades negociadoras con autoridades políticas y eclesiásticas, encarnó un pragmatismo notable y logró presenciar durante su vida el éxito de sus propuestas.

Giginta desplegó una labor incansable en la promoción y difusión de sus concepciones, las cuales se plasmaron en diversas obras como «Remedio de Pobres», «Exhortación a la Compasión», «Cadena de Oro» y, en un enfoque más personal, «Atalaya de Caridad». No obstante, su legado se halla influido en gran medida por tres factores clave, cuya comprensión resulta esencial para el contexto de sus ideas.

En primer lugar, es imperativo tener en cuenta la precaria situación económica de la España de su tiempo. La nación enfrentaba desafíos económicos significativos, tales como cosechas insuficientes, inflación desenfrenada, elevados costos de vida y un desempleo generalizado, incluso llegando al punto en que Felipe II se vio obligado a declarar una suspensión de pagos en 1575. Los efectos sociales de este panorama eran tan apremiantes que durante esta década y la siguiente, escasamente se encuentra documento oficial que no mencione la «escasez de pan» y las adversidades sociales que aquejaban a la sociedad española.

Este desolador escenario económico se veía exacerbado por un segundo elemento: la falta de organización y gestión eficiente en las instituciones benéficas y de asistencia destinadas a la ayuda a los pobres. Aunque abundaban instituciones protectoras de los necesitados, incluso con varios hospitales dependientes de una misma parroquia, carecían en su mayoría de recursos y medios esenciales para brindar una asistencia efectiva.

Esta proliferación de iniciativas asistenciales desorganizadas no redundó en beneficio alguno para los necesitados, dado que se creaban centros sin criterios de organización, ni recursos para asegurar servicios de calidad o garantizar la continuidad de la asistencia. En ocasiones, estas instituciones se establecían más preocupadas por la ostentación de sus edificios y por enriquecer al personal administrativo que por proveer adecuadamente a los necesitados, un aspecto que Giginta no dejó de criticar.

A su vez, los esfuerzos de las autoridades por controlar y limitar la apertura de estos centros no surtieron efecto práctico alguno. En muchas ocasiones, la gestión de estas instituciones benéficas estaba teñida de corrupción y aprovechamiento personal de los recursos destinados a los necesitados, incluso cuando los administradores eran eclesiásticos. Esta acusación recurrente, presente desde la época de Vives, se repite constantemente en la literatura relacionada con la pobreza y sirve como argumento a favor de transferir la gestión de estas instituciones a manos laicas. Incluso el Concilio de Trento condenó estos abusos eclesiásticos, subrayando la necesidad de reformar esta problemática situación.

El pensamiento y la obra de Giginta en el escenario de la Reforma y la Contrarreforma

El pensamiento y la labor de Miguel de Giginta adquieren una dimensión aún más rica y contextualizada al situarse en el marco de la Reforma y la Contrarreforma, dos fuerzas que agitaron profundamente el escenario religioso y social del siglo XVI. Sin embargo, es crucial destacar un tercer elemento, que arroja luz sobre su obra y su influencia: la respuesta al desafío planteado por la Reforma Protestante.

El luteranismo y, en menor medida, el calvinismo, ejercieron una influencia transformadora en la estructura asistencial vigente, incluso en países católicos. La Reforma Protestante traspasó la gestión de la beneficencia a las autoridades públicas. Frente a la centralidad otorgada a la caridad individual en el cristianismo, el protestantismo promovía la «fe sin obras». En estas naciones, la asistencia se convirtió en una función municipal, la caridad se convirtió en una forma de impuesto a la población, los vagabundos fueron confinados en instituciones públicas y el control del dinero destinado a las ayudas pasó a manos de las autoridades, eliminando así los frecuentes abusos eclesiásticos. Estas transformaciones hallaron eco, sorprendentemente, en círculos erasmistas con influencia en la sociedad española de la época.

El Concilio de Trento, iniciado en 1545, respondió con cautela al desafío presentado por la Reforma Protestante en el ámbito de la asistencia a los necesitados. En un primer momento, el Concilio reafirmó la doctrina tradicional, asignando a los eclesiásticos la organización de la ayuda a los pobres y sin considerar las aspiraciones laicas. Sin embargo, hacia la conclusión del Concilio, especialmente en su decreto «De Hospitalibus» de 1563, la postura se tornó más matizada y, lo que es aún más significativo, más cercana a las iniciativas adoptadas en las naciones protestantes. En Trento se estableció un estricto control de los fondos destinados a la beneficencia y se impuso la obligación de rendir cuentas periódicamente tanto a las autoridades eclesiásticas como a las civiles. Se exigió que todos los recursos recaudados para la caridad fueran utilizados en la ayuda a los necesitados, se renunció al monopolio eclesiástico en la administración de los hospitales benéficos y se limitó a tres años la duración máxima del mandato de administración.

En última instancia, al finalizar el Concilio, las diferencias entre el sistema protestante, que confinaba a los pobres, y el católico, que organizaba la protección, se redujeron. Como observó acertadamente Cavillac, «las teorías subyacentes diferían significativamente, pero en la práctica social (basada en la virtud del trabajo) a menudo eran similares. Para ambas mentalidades, la extrema pobreza ya no era un ideal ético (…) El cristiano perfecto no era aquel pobre en posesiones materiales, a menudo culpable de su pobreza, ni tampoco el rico que, aunque fuera generoso, poseía excesos, sino el pobre de voluntad evangélica, capaz de contentarse con lo esencial».

Las transformaciones en la orientación de la Iglesia generaron nuevas normativas y, con ello, innovaciones en la resolución de la problemática de la pobreza. Incluso los avances de las naciones protestantes se utilizaron como argumento para sensibilizar a las autoridades y creyentes católicos. De hecho, Giginta se erige como uno de los defensores de esta posición, frecuentemente destacando a los gobiernos no católicos como ejemplos en su obra. Su perspicaz evaluación de estos cambios y su capacidad para adaptarlos a la realidad española lo convierten en una figura influyente en este complejo panorama.

Giginta y las Casas de Misericordia

La propuesta innovadora de Giginta en el ámbito de la mendicidad surge de su impulso reformador, cuyo objetivo era conciliar la atención gubernamental a los pobres sin restringir completamente la mendicidad libre, al tiempo que evitaba una proliferación desmedida de pobres simulados.

El meollo de su propuesta radica en el control de la mendicidad, pero con un enfoque distinto al que se asumía en países protestantes, donde se empleaban métodos coercitivos. Giginta plantea un enfoque más sutil, utilizando presiones indirectas para lograr sus fines. En este sentido, las Casas de Misericordia se convierten en herramientas fundamentales de su estrategia de política de asistencia. Su propuesta implica la fusión de instituciones benéficas en dos hospitales por localidad: uno dedicado a enfermos y otro para mendigos. Sin embargo, es importante subrayar que estas casas no son centros de reclusión de pobres, ya que los residentes tienen la libertad de ingresar y abandonar según su voluntad, en concordancia con el planteamiento de Domingo de Soto.

En estas Casas de Misericordia, los residentes reciben los recursos necesarios para su sustento. Este enfoque práctico y concreto se combina con la recomendación a la población de no otorgar limosnas a mendigos. A través de esta estrategia, Giginta logra su objetivo principal de reforma: aquellos que persistan en la mendicidad son probablemente pobres fingidos, y al no recibir limosnas, se verían inclinados a refugiarse en las Casas de Misericordia.

Esta propuesta no solo busca controlar la mendicidad, sino también erradicar los abusos y las situaciones en las que los recursos asistenciales eran malversados. De este modo, la política de Giginta se asienta en la estructura de las Casas de Misericordia como un sistema de apoyo efectivo y al mismo tiempo como una forma de presión indirecta para reducir la mendicidad simulada.

Es importante destacar que la propuesta de Giginta, aunque en parte influenciada por el contexto de la Reforma y la Contrarreforma, tiene su base en la realidad social y económica de su tiempo, en la que la mendicidad estaba en aumento debido a la crisis económica y a la falta de regulación efectiva de las instituciones benéficas. Su capacidad para diseñar una solución que equilibra la atención a los necesitados con la prevención del abuso y la simulación lo convierte en un pensador y reformador social de gran relevancia en la España del siglo XVI.

La financiación de las Casas de Misericordia

La financiación de las Casas de Misericordia, concebidas como una solución innovadora para abordar la cuestión de la mendicidad según la visión de Miguel de Giginta, se sustentaba en diversas fuentes que garantizaban su funcionamiento y sostenibilidad.

En primer lugar, la creación de estas Casas se apoyaba en la reducción y unificación de hospitales existentes, lo que generaba economías significativas al evitar la duplicación de recursos y esfuerzos. Esta consolidación permitía una administración más eficiente y un mejor enfoque de los recursos disponibles para la atención a los necesitados.

Además, Giginta proponía que los ingresos habituales provenientes de las fundaciones benéficas, incluyendo las limosnas proporcionadas por los propios acogidos en las Casas, se destinaran íntegramente a la manutención y asistencia de los necesitados. Al eliminar la posibilidad de que estas limosnas fueran aprovechadas por pobres fingidos, se garantizaba que los recursos recaudados se emplearan de manera efectiva en quienes realmente lo necesitaban.

Otra fuente de financiamiento planteada por Giginta era el trabajo de los propios acogidos en las Casas de Misericordia. Esta medida no solo contribuía a su autosostenibilidad, sino que también promovía la dignidad y la autogestión de los beneficiarios, permitiéndoles contribuir al funcionamiento de las instituciones que los acogían.

Sin embargo, lo que podría considerarse una característica distintiva de las propuestas de Giginta era su creatividad en la búsqueda de recursos. Él sugería la obtención de ingresos a través de iniciativas peculiares como porcentajes de las entradas a eventos culturales y de entretenimiento, como comedias y espectáculos. Además, planteaba la idea de exhibir pinturas, figuras y objetos curiosos, así como organizar museos y parques zoológicos con animales exóticos y jardines botánicos. Los ingresos generados por estas actividades se utilizarían para financiar las Casas de Misericordia y, al mismo tiempo, proporcionarían entretenimiento y cultura a la sociedad en general.

No obstante, Giginta también sostenía que aquellos en posiciones de poder y riqueza tenían la responsabilidad moral de contribuir al alivio de la pobreza. Él abogaba por que los prelados, gobernantes y personas adineradas destinaran sus recursos no a lujos superfluos, sino a acciones caritativas que ayudaran a mitigar la desigualdad y el desamparo de los menos privilegiados. En este sentido, la financiación de las Casas de Misericordia no solo dependía de fuentes económicas, sino también de un cambio de mentalidad y valores en la sociedad para priorizar la ayuda a los necesitados.

Las Casas de Misericordia, un instrumento de reforma

Las Casas de Misericordia, concebidas por Giginta como un instrumento de reforma social, iban mucho más allá de simplemente proporcionar sustento a los mendigos. En su obra, se vislumbra una nueva concepción de la pobreza que se aleja de cualquier función providencial. Lo que critica no es la pobreza en sí misma, sino la ociosidad que puede manifestarse tanto en la mendicidad como en la riqueza suntuaria. Con esta visión en mente, las Casas de Misericordia se convierten en un vehículo para la transformación de los pobres.

Esta reforma que propone Giginta no es solo de índole moral, sino también educativa. Además de imponer obligaciones religiosas diarias a los acogidos, las Casas brindaban la oportunidad de aprender un oficio y adquirir una instrucción básica, que incluía habilidades como la contabilidad. Esta dimensión educativa mostraba la preocupación de Giginta por equipar a los necesitados con habilidades que fueran útiles para la sociedad y les permitieran integrarse en actividades productivas.

En consonancia con estos objetivos, las Casas de Misericordia promovían una intensa actividad laboral. La regeneración de los pobres se basaba en la idea de abandonar la ociosidad a través del trabajo, reincorporando a los marginados a la economía activa. Estos centros operaban como talleres, principalmente en la industria textil, que demandaba una mano de obra considerable. Todos los acogidos eran involucrados en estas actividades, y recibían un salario por su trabajo. Esta dimensión laboral no solo se veía como un medio para evitar la mendicidad, sino también como un componente fundamental para el bienestar de la comunidad. De esta manera, el valor del trabajo y la actividad productiva comenzaban a consolidarse en línea con las ideas de la reforma protestante.

En su obra «Remedio de Pobres», Giginta enumera hasta cincuenta consecuencias positivas que podrían derivarse de la implementación generalizada de las Casas de Misericordia. Algunas de estas consecuencias incluyen la eliminación de la exhibición pública de la enfermedad, el fortalecimiento del mercado laboral al aumentar la fuerza de trabajo, la regulación de los salarios y la promoción del aumento de la riqueza individual y pública.

Además, Giginta también detecta una nueva dinámica en la pobreza urbana: la emergencia del «pícaro», un individuo marginado que puede cuestionar el equilibrio de la comunidad. Ante esta amenaza, las Casas de Misericordia se erigen como instituciones preventivas para este comportamiento, particularmente en la juventud. Esta observación refleja la visión de Giginta sobre la importancia de abordar no solo las necesidades materiales, sino también las dimensiones sociales y psicológicas de la pobreza.

Trascendencia del pensamiento y la obra de Giginta

La trascendencia del pensamiento y la obra de Giginta es innegable. Más allá de sus ideas innovadoras, su enfoque pragmático y sus incansables esfuerzos de reforma, Giginta demostró una clara orientación hacia la intervención civil en el ámbito de la beneficencia. Esto se evidencia en sus frecuentes negociaciones y comunicaciones con las autoridades civiles, lo que revela dónde depositó sus esperanzas de cambio. Su influencia se plasmó en acciones concretas, yendo más allá de la mera teoría.

Giginta no solo planteó sus ideas en papel, sino que también intervino activamente en la arena política. Participó en diversas ocasiones en debates en las Cortes y dirigió su obra «Remedio de Pobres» al presidente del Consejo Real de Castilla. Es destacable que sus colaboradores principales fueran seglares, y él mismo asignó la gestión de las Casas de Misericordia a individuos laicos. Desde su perspectiva, el agente primordial para impulsar estas reformas debía ser el monarca. En su visión, el rey debía liderar la reforma económica, promoviendo la creación de Montes de Piedad en municipios relevantes.

Los proyectos de Giginta encontraron un éxito inmediato y se propagaron a lo largo y ancho del país. Este éxito fue amplificado por la difusión de sus obras por mandato real. Durante las décadas de 1570 y 1580, se abrieron numerosas Casas de Misericordia en diversas localidades, consolidando su popularidad y mostrando la viabilidad de sus propuestas.

Es relevante notar que la influencia de Giginta no se limitó a su tiempo. Dos siglos después, durante el gobierno de Floridablanca, muchas de sus ideas fueron rescatadas por los ilustrados. El sistema que había diseñado se adelantaba en más de un siglo a la legislación europea en términos de reclusión y gestión de la pobreza. Paralelismos claros pueden establecerse con el sistema de las «workhouse» en Inglaterra, donde los pobres rebeldes perdían el derecho a las ayudas distribuidas por los «overseers of the poor». Esta interconexión muestra la persistente relevancia y visión adelantada de Giginta en la evolución del pensamiento sobre la pobreza y la reforma social.

Pérez de Herrera (1556-1620)

Cristóbal Pérez de Herrera (1556-1620), un médico, político y poeta nacido en Salamanca, se destacó en el escenario de la polémica sobre la mendicidad en la España del siglo XVI. Su obra «Discursos del amparo de los legítimos pobres y reducción de los fingidos», conocida como «Amparo de Pobres», surge en 1598 en un contexto ya maduro de debate sobre esta cuestión, aportando reflexiones nuevas pero también respaldadas por la experiencia. Amigo de Mateo Alemán y seguidor de las ideas de Giginta, Pérez de Herrera combinó su intelecto y su acción en busca de la racionalización de la vida colectiva.

En sus propuestas, Pérez de Herrera continúa la distinción entre verdaderos y falsos mendigos, proponiendo una mayor severidad hacia los últimos. Reconoce la mendicidad de extranjeros y expone los riesgos asociados con la mendicidad libre, como la proliferación de herejes de diversas sectas y la amenaza de personas con intenciones perniciosas disfrazadas como pobres. Observa cómo la ociosidad, la simulación de enfermedades y otros engaños se originan en esta práctica (1975:19-51).

Más allá de las preocupaciones inmediatas, Pérez de Herrera vincula la mendicidad a problemas más amplios, como la despoblación de España y la natalidad elevada entre los mendigos. Esta preocupación se amplía al tratar de los huérfanos desamparados, a quienes busca reintegrar en la sociedad mediante el trabajo en diversas formas, desde fábricas de tapices hasta el servicio doméstico o la formación en matemáticas. Propone la figura de un «Protector de los Huérfanos» en cada Ayuntamiento para asegurar su bienestar (Pérez de Herrera 1975:103-111).

Para abordar estos problemas, Pérez de Herrera propone una doble estrategia: los Albergues de Pobres y la regulación de la mendicidad callejera. Su enfoque refleja la evolución de las ideas sobre la mendicidad en la España del siglo XVI, donde el control social y la intervención pública en la asistencia a los necesitados se convirtieron en elementos centrales del debate.

Cristóbal Pérez de Herrera (1556-1620)
Los Albergues de Pobres

Uno de los aspectos más originales y distintivos de la propuesta de Cristóbal Pérez de Herrera es la concepción de los Albergues de Pobres. Estos albergues representan su visión particular de cómo abordar la cuestión de la mendicidad, evitando tanto el internamiento cerrado como la mendicidad libre descontrolada. Estos refugios estaban diseñados como lugares abiertos, permitiendo a los pobres verdaderos entrar y salir con libertad. La intención era prevenir los problemas asociados con el internamiento, como la propagación de enfermedades debido a la falta de ejercicio y ventilación, así como la carga económica de mantener a los acogidos. Herrera consideraba que las tentativas anteriores de establecer este tipo de centros habían fracasado en parte debido a estas dificultades (Jiménez Salas 1958:105).

En lugar de enfocarse en el internamiento, los Albergues de Pobres se concebían como lugares donde los pobres podían pasar la noche, asistir a misa y contar con un espacio seguro para guardar sus pertenencias y alimentos. Estos albergues se diferenciaban de las cárceles y tenían como objetivo proporcionar disciplina y subordinación a la población necesitada. Sin embargo, los acogidos no pasaban todo el día en el centro; solo acudían al anochecer para dormir. Durante el día, aquellos considerados «pobres inútiles» recibían permisos y una insignia para pedir limosnas en público. Esta característica diferenciadora de la propuesta de Herrera radica en su elección de no convertir el control de la pobreza en una herramienta de trabajo forzado. En los Albergues, solo trabajaban aquellos que no podían hacerlo fuera. Los pobres verdaderos todavía tenían la libertad de solicitar limosnas públicamente.

La financiación de los Albergues provenía de impuestos derivados de representaciones teatrales y construcciones locales, además de las limosnas obtenidas por los mendicantes. Aunque la administración de los centros era una colaboración entre laicos y eclesiásticos, las autoridades civiles ejercían un control supremo. La visión de Pérez de Herrera era construir una red de Albergues en toda España, organizada de manera centralizada con representaciones provinciales y locales. Para él, la asistencia y el control de la pobreza eran elementos de una política general de asistencia social que debía ser promovida por el Estado. Además de los Albergues, Pérez de Herrera propuso una serie de medidas para abordar otros problemas sociales, como la protección de huérfanos, la asistencia a los presos, la colocación de niños en familias y la creación de un seguro social para los inválidos militares y los desempleados.

A diferencia de algunas interpretaciones, la propuesta de Herrera no buscaba eliminar por completo la mendicidad callejera. Aunque deseaba controlar y reglamentar la mendicidad, no planeaba su desaparición. Más bien, aspiraba a mejorar las condiciones de vida de los pobres verdaderos a través de los Albergues, al tiempo que negaba la limosna a los falsos mendigos para fomentar su integración en el trabajo. Su enfoque estaba destinado a agravar las circunstancias de los mendigos falsos y mejorar las de los verdaderos. Para los que continuaran mendigando falsamente, Pérez de Herrera abogaba por la aplicación de las leyes represivas existentes en Castilla.

Trascendencia del pensamiento y obra de Pérez de Herrera

La propuesta de Cristóbal Pérez de Herrera va más allá de simplemente regular la beneficencia; esta es solo una parte de un objetivo más amplio y ambicioso. En su obra, los Albergues de Pobres no representan la panacea para los males de la nación, sino más bien un eslabón en una cadena de transformación más profunda. Para él, la solución integral para los problemas no se limita a los Albergues de Pobres; en cambio, busca abordar la situación mediante el desarrollo de la industria manufacturera, que promovería una mejora general en la situación económica del país. Este enfoque refleja su desprecio por la ociosidad y su admiración por los comerciantes laboriosos, cuya actividad puede impulsar el bienestar general. La industria, según su perspectiva, se convierte en la verdadera «religión» del Estado, capaz de estabilizar una clase media y superar el atraso en comparación con otros países.

La obra de Pérez de Herrera no solo se centra en soluciones específicas para la mendicidad, sino que también refleja una mentalidad emergente burguesa y un anhelo de modernización. Aunque el capitalismo en su forma actual no surgiría hasta el siglo XIX, su obra se inserta en una época de impulsos y señales incipientes de cambio económico. Los Albergues de Pobres representan solo un paso en su objetivo más amplio y modernizador. Su intención no es simplemente regular la pobreza, sino redirigir fuerzas laborales previamente ociosas y reestructurar la vida económica en su conjunto. Esta ambición se refleja en su propuesta extraordinariamente audaz. Su enfoque hacia la pobreza no es compasivo, sino racional y metodológico, con la intención de «eliminar la pobreza» de manera sistemática (Maravall 1972:238). Aquí radica la esencia moderna de su enfoque.

Aunque la propuesta de los Albergues de Pobres de Pérez de Herrera no tuvo el éxito inmediato que tuvieron las Casas de Misericordia, sus ideas encontrarían un resurgimiento varias décadas más tarde, cuando fueron retomadas por los ilustrados. Especialmente, Campomanes citaría extensamente sus escritos cuando, en la década de 1770, abordara nuevamente cuestiones relacionadas con la pobreza y la población española. A pesar de su relativo desplazamiento en su propio tiempo, las ideas de Pérez de Herrera ganarían una nueva relevancia en un contexto histórico más adelantado.

ACCIONES LEGISLATIVAS Y ADMINISTRATIVAS SOBRE LA POBREZA EN LOS INICIOS DE LA EDAD MODERNA ESPAÑOLA

En los momentos iniciales del siglo XVI en España, dos dinámicas fundamentales merecen atención detenida:

Por un lado, el efímero pero notorio auge económico que situó a España en una posición de esplendor, pero a la vez desencadenó problemas sociales profundos que reverberarían a lo largo de varias centurias. Por otro lado, la progresiva transición desde el teocentrismo medieval hacia una perspectiva más antropocéntrica del mundo.

Estos dos ejes cimentaron un proceso de secularización que, durante la Edad Moderna, desplazó gradualmente la responsabilidad de la asistencia social desde la Iglesia y la caridad privada hacia las instituciones públicas.

En este contexto, cobran sentido las iniciativas legislativas y administrativas impulsadas por la Monarquía española en el siglo XVI, aún estrechamente ligadas a la visión caritativa promovida por las autoridades eclesiásticas. Estas acciones muestran similitudes notables con el sistema de «leyes de pobres» adoptado en el noveno parlamento de la Reina Isabel I de Inglaterra en 1598, y ratificado en 1601, como respuesta a dos prolongados periodos de desempleo y escasez.

Entre las disposiciones del sistema isabelino de las «leyes de pobres» se encontraban:

  • La obligación de las autoridades locales de categorizar a los pobres, diferenciando entre aquellos auténticos y los falsos mendigos.
  • La implementación de trabajo obligatorio para los mendigos aptos para laborar.
  • La limitación de la asistencia material a quienes realmente la necesitaban.
  • La instauración de una figura similar a los inspectores de pobres, conocidos como «overseers of the poor», que guarda cierta semejanza con otras figuras creadas por la Monarquía de los Austrias en el siglo XVI, como el «Padre de Pobres».

Esta convergencia de medidas legislativas y la evolución social que desencadenaron reflejan un período de transformación en la percepción y abordaje de la pobreza en la Europa de la Edad Moderna.

Acciones legislativas

Durante los albores de la Edad Moderna en España, la Monarquía no pasó por alto el desafío social de la pobreza. A lo largo del siglo XVI, observamos la emisión de una serie de normativas referentes a los pobres, en su mayoría como respuesta a demandas reiteradas de los representantes en las Cortes. Esto evidencia que estas medidas no siempre se implementaron rigurosamente.

Destacaremos, siguiendo las contribuciones de Alonso Seco y Gonzalo González (2000:56-60), algunas de las disposiciones más significativas:

  • Ordenamiento de las Cortes de Valladolid (1523): Esta fue la primera regulación que prohibió la libre circulación de los pobres dentro del Reino de Castilla, permitiendo la mendicidad solo en sus lugares de origen.
  • Ordenamiento de las Cortes de Toledo (1525): Esta disposición enfatizó la necesidad de reducir el número de hospitales, solicitando uno por cada pueblo. Además, se inició la distinción entre verdaderos y falsos pobres, y se requirió licencia municipal para mendigar.
  • Ordenamiento de las Cortes de Madrid (1528): Aquí se identificó el incumplimiento del Ordenamiento de las Cortes de Valladolid en 1523, ya que los pobres pedían limosna fuera de sus lugares de origen sin impedimento. Se propusieron sanciones tanto para los pobres como para los corregidores.
  • Ordenamiento de las Cortes de Segovia (1532): Este ordenamiento reiteró la solicitud de reducir hospitales y propuso la creación de dos hospitales en cada localidad, uno para enfermos contagiosos y otro para pobres.
  • Ordenamiento de las Cortes de Madrid (1534): Aquí se presentó una primera clasificación de la pobreza y se establecieron tres tipos de medidas: punitivas para vagabundos, restrictivas para pobres peregrinos y protectoras para pobres auténticos.
  • Real Carta y Real Instrucción de Carlos I (1540): Estas disposiciones afrontaron de manera integral el problema de la pobreza. Se examinó la autenticidad del pobre, se requirió licencia para mendigar, se prohibió mendigar fuera del lugar de origen y se recomendó el reemplazo de la mendicidad callejera por la asistencia en hospitales.
  • Ordenamiento de las Cortes de Valladolid (1548): Se insistió en la necesidad de reducir hospitales.
  • Ordenamiento de las Cortes de Valladolid (1555): Se instó al Rey a cumplir con las regulaciones anteriores sobre el cuidado de los pobres, incluyendo el nombramiento de «padres de pobres» en cada pueblo para facilitar oficios a los necesitados.
  • Real Pragmática de Felipe II (1565): Similar a la de 1540, esta fue otra disposición integral sobre la atención de los pobres. Se desterró a los falsos pobres, se permitió mendicidad en los verdaderos bajo licencia, se prohibió la mendicidad infantil y se restringió el recogimiento solo para los enfermos.
  • Acuerdos de Cortes de Madrid (1576 y 1592-1598): Se abordaron en profundidad los proyectos y obras de Miguel de Giginta y Cristóbal Pérez de Herrera.

Estas regulaciones delinearon una trayectoria en la que el gobierno español se esforzó por abordar el desafío de la pobreza, aunque su implementación y efectividad a menudo fueran limitadas. Estas acciones, a su vez, reflejaron un proceso de evolución en la perspectiva de la pobreza y la atención a los necesitados en la Europa de la Edad Moderna.

Acciones Administrativas

Las acciones administrativas en relación con la pobreza en el siglo XVI están estrechamente vinculadas a las medidas legislativas previas. Entre las más significativas se destacan:

  • Cédulas de pedir: Introducidas para discernir entre los verdaderos pobres y los fingidos. Esta diferenciación se establece a partir de ciertos requisitos, siendo la incapacidad para trabajar uno de los más notables. Los poseedores de estas licencias solo pueden solicitar limosna en sus lugares de origen o residencia. En este sentido, estas cédulas pueden considerarse precursores de los modernos sistemas de protección social, que se basan en la identificación precisa de las personas necesitadas de asistencia y protección.
  • Establecimiento de instituciones de asistencia: Tanto Carlos I como Felipe II subrayaron la importancia de proporcionar refugio a los pobres en hospitales, con el objetivo de reducir la mendicidad. Ambos monarcas instaron a ordenar los gastos de los hospitales existentes y proveerles de recursos necesarios a través de limosnas para asegurar su funcionamiento. Este enfoque refleja la preocupación por la subsistencia de estas instituciones y su capacidad para albergar a los necesitados.
  • Ayuda a los pobres vergonzantes: Siguiendo la opinión generalizada de la época, Carlos I y Felipe II implementaron medidas que permitían la ayuda a aquellos pobres que se encontraban en situaciones de necesidad pero no se atrevían a mendigar. Esto se realizaba mediante colectas públicas en las iglesias, brindando asistencia de manera discreta a aquellos que sentían vergüenza de pedir públicamente.
  • Supervisión del poder público: La ejecución de las normativas previas recae en autoridades como Alcaldes, Justicias, Jueces y Corregidores. Esto indica que la cuestión de la indigencia fue considerada un auténtico problema de orden público en la España del siglo XVI. La autoridad pública se involucró activamente en el control y gestión de la asistencia a los pobres.
  • Medidas punitivas: Estas medidas se aplicaban a aquellos pobres que no poseían la licencia correspondiente para mendigar. Sin embargo, como señaló Pérez Estévez (1976), estas medidas resultaron poco efectivas debido a la destreza de los propios pobres y a la negligencia de las autoridades judiciales. Esto refleja la complejidad y la dificultad de controlar y regular la mendicidad en la sociedad de la época.

Estas acciones administrativas, junto con las medidas legislativas, representaron los esfuerzos de la Monarquía española por abordar el desafío de la pobreza en un contexto de cambios sociales y económicos en los albores de la Edad Moderna.

CONCLUSIONES

A lo largo de humanidad, la miseria física ha sido una constante en la trayectoria histórica del ser humano, siempre acompañada de la pobreza. En cada época, han surgido grupos o instituciones que han procurado asistencia a los más necesitados. En la Edad Media, esta acción estaba arraigada en concepciones religiosas, donde ayudar a los pobres era parte de la caridad cristiana, viéndose en ellos una representación de Cristo en la tierra. Sin embargo, en esta etapa:

  • Los poderes públicos no se ocupaban de establecer instituciones públicas de beneficencia, dejando esta responsabilidad a los gremios y órdenes religiosas.
  • La asistencia se brindaba indiscriminadamente a pobres o necesitados, sin considerar su capacidad para auto-sustentarse.

En los albores de la Edad Moderna, se gestaban las bases de una organización pública para atender a los pobres, impulsada por factores económicos, sociales, políticos y culturales. En la Castilla del Siglo XVI, la emigración a América, el cambio poblacional de rural a urbano y la introducción de ideales renacentistas influyeron en la intervención pública en la situación de los necesitados. Es en este contexto que surgieron figuras como Juan Luis Vives, Domingo de Soto, Juan de Robles, Miguel de Giginta y Pérez de Herrera, entre otros.

La legislación del siglo XVI en Castilla tenía un objetivo central: regular la mendicidad. Surgieron leyes que restringían la mendicidad a lugares de origen y exigían una cédula autorizante. Las figuras de los «Padres de pobres» y «Padres de huérfanos» también se establecieron para supervisar a mendigos y huérfanos.

En resumen, en el análisis del siglo XVI en España, se concluye que:

  • Jamás se reconoció legalmente el derecho de los pobres a solicitar medios de subsistencia, ni se impuso a las comunidades la obligación de mantener a los indigentes.
  • La caridad religiosa atendió a los necesitados.
  • La Iglesia, pilar de la sociedad de la época, desempeñó un papel crucial en esto.
  • La autoridad civil gradualmente se involucró en la atención a los necesitados.

REFERENCIAS

  • Alemán Bracho, C.., Alonso Seco, J.M.. and Fernández Santiago, P.. (2010) Fundamentos de servicios sociales. Valencia: Tirant lo Blanch.
  • ChatGPT

Deja un comentario