La democracia como sistema de valores

Las dos primeras facetas de la democracia se centran en los derechos civiles y políticos que los ciudadanos poseen en relación con el Estado. Sin embargo, surge la pregunta de si estos derechos son suficientes para establecer una democracia en su totalidad. Aunque muchos argumentarían que los procedimientos electorales y las libertades individuales enumeradas son esenciales, existe un consenso en que también son necesarios ciertos valores fundamentales para que una democracia prospere.

Estos valores o normas fundamentales son de gran importancia:

  • Justicia: Implica tratar a todos los grupos de manera equitativa, sin negar oportunidades basadas en la discriminación sistemática. La justicia social es un pilar en una democracia funcional.
  • Tolerancia: Requiere respeto por la diversidad y la convivencia armoniosa con aquellos que tienen opiniones y características diferentes.
  • Consenso: Busca resolver las diferencias mediante la cooperación, la negociación justa y la disposición a hacer concesiones mutuas.
  • Fiabilidad: Demanda que los miembros de la sociedad, en particular los líderes políticos y funcionarios, actúen de manera que inspiren confianza en su integridad y honestidad.
  • Compromiso con la resolución pacífica: Promueve el uso de la fuerza solo como último recurso en las relaciones internacionales, manteniendo el enfoque en la resolución no violenta de conflictos.

Estos valores, que pueden considerarse como el «espíritu de la democracia», son cruciales en la formación de una democracia verdadera. No basta con que los líderes políticos los proclamen públicamente, sino que también deben ponerlos en práctica y, si es necesario, respaldarlos con la autoridad del Estado.

En el marco internacional, estos valores democráticos también tienen un impacto significativo. Promueven la paz al rechazar la agresión directa y restringir el uso de la fuerza a situaciones de autodefensa o defensa de los aliados.

En cuanto a la tercera faceta de la democracia, hay variaciones en su alcance. En su nivel mínimo, las democracias deben evitar la discriminación sistemática de grupos sociales específicos y abstenerse de institucionalizarla mediante leyes. En una interpretación más amplia, las democracias pueden intervenir contra la discriminación injusta incluso en interacciones privadas. Esto puede limitar ciertos derechos individuales en favor de asegurar un trato justo y no discriminatorio.

Incluso una interpretación aún más amplia sugiere que los gobiernos democráticos deben adoptar medidas activas para corregir las desigualdades históricas y actuales, a través de acciones positivas como cuotas para grupos subrepresentados en empleos u opciones educativas.

En situaciones excepcionales, donde los conflictos sociales son profundos y peligrosos, la democracia puede requerir instituciones y procedimientos especiales para evitar la violencia y el colapso del gobierno. Estos diseños institucionales pueden ser necesarios en sociedades profundamente divididas, lo que se conoce como democracia consociativa.

Imaginemos una sociedad en la que se celebran elecciones libres y justas, donde las voces de todos los ciudadanos son escuchadas. Esto cumple con la faceta I de la democracia. Además, los ciudadanos gozan de libertades individuales básicas, como la libertad de expresión, de prensa y de asociación, según lo establecido en la faceta II. Sin embargo, si en esta sociedad prevalecen la intolerancia, la discriminación y la desigualdad, ¿puede realmente llamarse una democracia plena?

La justicia se erige como uno de los valores más cruciales para una democracia funcional. Imaginemos que, en lugar de tratar a todos los grupos de manera equitativa, ciertos segmentos de la población son sistemáticamente marginados debido a su religión, raza o género. A pesar de las elecciones y las libertades existentes, la democracia estaría incompleta sin la base de la justicia social.

La tolerancia es otro pilar esencial. Si los ciudadanos no respetan las diferencias y no pueden vivir en armonía con aquellos que tienen opiniones o características diferentes, la cohesión social se vería amenazada. El consenso, por su parte, se vuelve crucial en la resolución de disputas. Si los líderes y ciudadanos no pueden cooperar y llegar a acuerdos justos, la sociedad podría verse atrapada en un ciclo constante de conflicto.

La fiabilidad de los líderes políticos y funcionarios es necesaria para ganar la confianza de los ciudadanos. Si la integridad y la honestidad se descuidan, la base misma de la democracia se socava. Además, el compromiso con la resolución pacífica de los conflictos internacionales contribuye a la seguridad global y a la prevención de conflictos a gran escala.

A medida que miramos la tercera faceta de la democracia, se hace evidente que no es suficiente simplemente prohibir la discriminación sistemática en el ámbito público. La democracia debe garantizar que incluso las interacciones privadas estén libres de discriminación injusta. Aquí, la democracia no solo se trata de leyes, sino de valores arraigados en la sociedad.

Incluso en situaciones excepcionales, donde los conflictos son profundos y peligrosos, la democracia puede requerir medidas especiales. Imaginemos una sociedad dividida por tensiones étnicas o religiosas extremas. En tales casos, la democracia puede necesitar estructuras especiales para evitar la violencia y el caos.

En resumen, los derechos civiles y políticos son solo el comienzo de una democracia genuina y efectiva. La democracia no solo se trata de votos y libertades individuales, sino también de valores compartidos que aseguren la justicia, la tolerancia, el consenso, la fiabilidad y el compromiso con la paz. Estos valores dan vida a la democracia y garantizan su prosperidad en todas sus facetas.

Si bien los derechos civiles y políticos son una parte crucial de la democracia, no son suficientes por sí mismos. Los valores de justicia, tolerancia, consenso, fiabilidad y compromiso con la paz son esenciales para construir y mantener una democracia genuina y efectiva.

Referencias

  • Sodaro, M.J. (2011) Política y ciencia política : una introducción. Ed. revisada. Madrid: McGraw-Hill.

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