LA RESPUESTA A LAS NECESIDADES

Dada la diversidad de demandas y necesidades en las sociedades, siempre se han buscado formas de abordarlas. En su obra «Introducción a los Servicios Sociales», Casado y Guillén (1994) resumen las respuestas ante estas necesidades sociales en tres perspectivas principales que examinaremos a continuación.

Primera respuesta: el intervencionismo negativo

Una de las respuestas primordiales es la que Casado y Guillén describen como «intervencionismo negativo». Esta respuesta se enfoca en intentar erradicar el problema derivado de ciertas necesidades, optando por ignorar o marginar al individuo que las presenta. En otras palabras, busca eliminar las complicaciones que una necesidad particular pueda crear en la sociedad, mediante la represión o el ocultamiento de dicha necesidad.

Históricamente, se han implementado prohibiciones o restricciones para evitar la manifestación pública de ciertas necesidades, con el objetivo de que estas no adquieran relevancia. Un claro ejemplo de esto es la manera en que se ha abordado la mendicidad y el problema de la pobreza a lo largo del tiempo. Ritter (1991:145-146) señala que, por siglos, se han establecido limitaciones en términos de quiénes, dónde y cuándo se podía pedir limosna. Esta tendencia persiste hoy en día, en gran medida debido a conflictos de intereses entre diferentes sectores de la sociedad. Un ejemplo común es el conflicto entre los intereses económicos de las zonas comerciales y la presencia de mendigos en esas áreas.

Casado y Guillén también resaltan ejemplos contemporáneos como las restricciones en la entrada de inmigrantes o refugiados políticos, prácticas que son comunes en muchos países. De esta manera, en ocasiones, el intervencionismo negativo emerge como la respuesta inicial ante situaciones o comportamientos que rompen con lo tradicional o lo establecido.

El régimen franquista en España (1939-1975) proporciona otro ejemplo de intervencionismo negativo, aunque con características distintas a las del régimen nazi. Durante la dictadura de Francisco Franco, España experimentó una represión sistemática de ciertas identidades, culturas, lenguas y opiniones políticas que no estaban alineadas con la ideología del régimen.

  1. Represión Política: Después de ganar la Guerra Civil Española (1936-1939), el régimen de Franco persiguió, encarceló, ejecutó y reprimió a aquellos que habían apoyado o simpatizado con la República, incluidos comunistas, anarquistas, socialistas y otros grupos de izquierdas. Se estima que miles de personas fueron ejecutadas en los años posteriores a la guerra.
  2. Censura y Control de la Información: El franquismo estableció una estricta censura en los medios de comunicación. Libros, películas, canciones y otros medios fueron censurados o prohibidos si se consideraba que no se ajustaban a los valores del régimen.
  3. Represión Cultural y Lingüística: A pesar de la rica diversidad lingüística y cultural de España, el régimen franquista promovió una visión uniforme y centralizada de la «españolidad». Lenguas como el catalán, el gallego y el euskera (vasco) fueron reprimidas. Se prohibió su uso en la educación, la administración y los medios de comunicación. Las celebraciones y tradiciones culturales específicas de las regiones también enfrentaron restricciones.
  4. Persecución de Minorías: Al igual que los regímenes totalitarios en otras partes de Europa, el franquismo tenía visiones conservadoras y estrictas sobre la moralidad. Los homosexuales, por ejemplo, fueron perseguidos y encarcelados bajo leyes que criminalizaban «actos inmorales».
  5. Política de Olvido: Tras la muerte de Franco en 1975 y la transición a la democracia, hubo un pacto tácito, conocido como el «pacto del olvido», para no investigar o castigar los crímenes del franquismo. Aunque en las últimas décadas ha habido movimientos para recuperar la memoria histórica y reconocer a las víctimas del régimen, este es un ejemplo de cómo el intervencionismo negativo puede continuar incluso después de que un régimen represivo haya terminado.

Estos ejemplos muestran cómo el régimen franquista intentó moldear y controlar la sociedad española de acuerdo con su ideología, reprimiendo activamente las voces y culturas que no se alineaban con su visión.

Segunda respuesta: el abstencionismo

El abstencionismo, como respuesta ante las necesidades y demandas sociales, sugiere una actitud pasiva o no intervencionista del Estado frente a las dinámicas de la economía y sociedad. Esta postura tiene sus raíces en el liberalismo clásico del siglo XIX, donde se concebía al Estado como un mero observador del «libre juego» del mercado, sin intervenir en sus resultados o consecuencias.

En este enfoque, las repercusiones del mercado no son responsabilidad del Estado, sino que recaen directamente sobre el individuo. En otras palabras, si un individuo no puede adaptarse o prosperar en el sistema económico existente, es su propia responsabilidad adaptarse o buscar soluciones, sin esperar que el Estado intervenga para corregir o equilibrar las desigualdades o injusticias que puedan surgir.

El resultado de este enfoque es que la intervención estatal en asuntos económicos y sociales es mínima o nula. En lugar de que el Estado actúe como regulador o proveedor de servicios y bienestar, se espera que cada individuo sea autónomo y autosuficiente, manejando por sí mismo los desafíos que presente el sistema económico.

Es importante destacar que esta perspectiva puede tener consecuencias significativas, especialmente para aquellos que están en desventaja o son más vulnerables en la sociedad. Sin una red de seguridad o intervención estatal, estos individuos pueden quedar marginados o enfrentar mayores desafíos en comparación con aquellos que tienen más recursos o ventajas dentro del sistema.

Un ejemplo de abstencionismo en España se puede encontrar en el siglo XIX, durante la implementación de las ideas liberales. En este período, el Estado adoptó una postura de no intervención en ciertas áreas de la economía y la sociedad, permitiendo que las fuerzas del mercado actuaran libremente, con poca o ninguna regulación.

El Estado liberal del siglo XIX promovió la privatización de muchos activos y servicios que anteriormente estaban bajo control estatal o comunal. Esto llevó a una concentración de la propiedad y la riqueza en manos de unos pocos, mientras que amplios sectores de la sociedad, como los trabajadores y campesinos, enfrentaban condiciones difíciles sin un sistema de protección o apoyo estatal adecuado.

Esta política de no intervención fue especialmente notable en el ámbito agrario. Las Desamortizaciones, que fueron series de leyes y medidas llevadas a cabo principalmente en el siglo XIX, resultaron en la venta de tierras comunales y propiedades eclesiásticas a inversores privados. Aunque estas medidas buscaban modernizar y liberalizar la economía agraria, en la práctica resultaron en la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos y la aparición de grandes masas de jornaleros sin tierra.

En las ciudades, el crecimiento industrial también estuvo en gran parte no regulado, lo que llevó a condiciones de trabajo precarias para muchos trabajadores. El Estado no intervenía activamente para establecer condiciones laborales justas o proteger a los trabajadores.

Por supuesto, hacia finales del siglo XIX y principios del XX, el movimiento obrero y otras reivindicaciones sociales comenzaron a presionar por una mayor intervención estatal para corregir las desigualdades y mejorar las condiciones de vida. Pero durante una buena parte del siglo XIX, el abstencionismo estatal, en línea con los principios liberales de la época, tuvo un impacto significativo en la estructura económica y social de España.

Tercera respuesta: el intervencionismo positivo

Frente a las necesidades emergentes, el intervencionismo positivo emerge como una propuesta. Esta visión, en contraposición directa al liberalismo, propone una intervención activa y reflexiva en la vida colectiva. Se basa en la idea de que, a través de la razón humana, es posible intervenir y mejorar las situaciones de necesidad que se presentan en una comunidad o sociedad.

El intervencionismo tiene múltiples orígenes y no se manifiesta de la misma forma en todos los países. Sin embargo, es posible identificar algunos factores comunes en su surgimiento: la influencia de valores religiosos, la acción del humanitarismo, la participación de movimientos sindicales y diversas propuestas políticas y sociales.

Europa, desde el siglo XIX, ha sido testigo de una evolución hacia un mayor protagonismo del Estado en atender y regular las necesidades sociales. A través de su intervención, el Estado no solo satisface demandas concretas, sino que también respalda su papel y autoridad en la sociedad. Al atender eficazmente las necesidades, se reduce la tensión social y se refuerza la legitimidad estatal.

Es crucial entender que estas respuestas a las necesidades no son etapas sucesivas que reemplazan a las anteriores. De hecho, pueden coexistir, y dependiendo de la situación, una puede ser más aplicable que otra. Es evidente en la variedad de soluciones que diferentes países adoptan ante problemas similares. Sin embargo, en la actualidad, la tendencia dominante en los países occidentales de Europa tiende hacia el intervencionismo positivo.

Uno de los ejemplos más claros de intervencionismo positivo en España es el desarrollo del Estado del bienestar tras la transición a la democracia. La Constitución Española de 1978 establece una serie de derechos y deberes para los ciudadanos y garantiza una serie de servicios públicos en áreas como la educación, la sanidad o las pensiones.

A lo largo de las décadas, y especialmente durante los años 80 y 90, España desarrolló una amplia red de servicios sociales, sistemas de protección para el desempleo, políticas de vivienda, etc. Todo ello con el objetivo de garantizar una calidad de vida adecuada a todos sus ciudadanos y de corregir las desigualdades y carencias que pudieran surgir.

El Sistema Nacional de Salud, por ejemplo, garantiza la asistencia sanitaria a todos los ciudadanos independientemente de su situación económica. En el ámbito de la educación, se estableció la educación obligatoria y gratuita hasta los 16 años, y se han implementado distintos programas de becas y ayudas para garantizar el acceso a la educación superior.

Sin embargo, el intervencionismo positivo no está exento de críticas y ha sido objeto de debate político y social. Mientras que algunos argumentan que es necesario para garantizar la igualdad de oportunidades y proteger a los más vulnerables, otros consideran que puede ser contraproducente, limitar la libertad individual o generar dependencia del Estado.

No obstante, la tendencia general en España, como en la mayoría de los países europeos occidentales, ha sido hacia un intervencionismo positivo, buscando el equilibrio entre la protección social y la libertad y responsabilidad individual.

Los objetivos de la intervención social

Así como las respuestas a las necesidades pueden coexistir, de igual manera ocurre con lo que Demetrio Casado y Encarna Guillén definen como los objetivos de la intervención social. Dependiendo de las circunstancias, puede priorizarse un objetivo sobre otro. Según estos autores, los objetivos principales son:

  • Asistencia: Este objetivo busca mitigar los efectos más severos de una situación sin necesariamente abordar sus causas raíz. Históricamente, la asistencia ha sido el principal medio de intervención social en sociedades occidentales. Un ejemplo claro es el apoyo brindado a personas en situación de calle o la entrega de alimentos a comunidades desfavorecidas. Mientras esta modalidad puede estar disminuyendo a nivel nacional en algunos lugares, todavía es dominante en la esfera internacional, como en el caso de ayuda humanitaria tras catástrofes naturales.
  • Rehabilitación: Este enfoque va más allá de la mera asistencia y aspira a restituir a la persona o comunidad a un estado de «normalidad» o al menos a una situación previa mejor. Por ejemplo, después de una guerra, no solo se busca brindar ayuda inmediata, sino también reconstruir la infraestructura y apoyar a las personas a retomar sus vidas. Originalmente centrado en la rehabilitación física o psicológica, este objetivo ha evolucionado para abordar una amplia gama de desafíos sociales, buscando estabilidad y bienestar en diversos campos.
  • Prevención: Es la propuesta más reciente y ambiciosa. La prevención busca anticipar y evitar problemas antes de que ocurran, en lugar de simplemente tratar sus consecuencias. Por ejemplo, en lugar de solo tratar enfermedades como la diabetes, se implementan programas educativos sobre estilos de vida saludables para prevenir su aparición. Es la intervención más extensa y su alcance puede ser un poco difuso. Sin embargo, dada su naturaleza proactiva, la prevención se está convirtiendo en el enfoque más deseado, ya que puede abordar incertidumbres y potencialmente reducir la necesidad de intervenciones más costosas en el futuro.
¿Se puede decir que la intervención social es una forma de comprar paz social?

Sí, se puede afirmar que la intervención social es una herramienta que contribuye a la «paz social». La intervención social busca, entre otras cosas, atender y minimizar desigualdades, injusticias y tensiones existentes en la sociedad. Al abordar estas cuestiones, se reducen potenciales focos de conflictos y se promueve un ambiente más armónico.

Aquí algunas razones que respaldan esta perspectiva:

  1. Equidad y Justicia: Al proporcionar recursos y apoyo a quienes más lo necesitan, la intervención social busca nivelar el campo de juego, permitiendo que más personas tengan acceso a oportunidades y un nivel de vida adecuado.
  2. Prevención de Conflictos: Al abordar problemas en sus etapas iniciales o incluso antes de que surjan, como es el caso de las intervenciones preventivas, se pueden evitar conflictos mayores en el futuro.
  3. Rehabilitación y Reintegración: Programas dirigidos a rehabilitar a individuos, como exconvictos o personas con adicciones, buscan reintegrarlos en la sociedad de manera productiva, reduciendo la posibilidad de reincidencia o de que caigan en ciclos de violencia o delincuencia.
  4. Promoción de la Cohesión Social: La intervención social también puede tener un enfoque comunitario, promoviendo la cohesión social y fortaleciendo los lazos comunitarios. Comunidades fuertes y unidas son menos propensas a conflictos internos.
  5. Educación y Conciencia: Muchas intervenciones sociales tienen un componente educativo, buscando concienciar sobre ciertos temas o enseñar habilidades y conocimientos específicos. Una población educada y consciente es más propensa al diálogo y menos susceptible a conflictos basados en malentendidos o desinformación.
  6. Atención a Grupos Vulnerables: Al centrarse en las necesidades de los grupos más vulnerables o marginados de la sociedad, la intervención social asegura que sus voces sean escuchadas y que sus necesidades sean atendidas, lo que puede evitar tensiones y conflictos.

En resumen, la intervención social, al abordar y mitigar problemas y desigualdades en la sociedad, contribuye a la paz social al promover ambientes más justos, equitativos y cohesivos.

REFERENCIAS

  • Alemán Bracho, C.., Alonso Seco, J.M.. and Fernández Santiago, P.. (2010) Fundamentos de servicios sociales. Valencia: Tirant lo Blanch.

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